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Homenaje a Griselio Torresola Roura y Oscar Collazo: a 75 años de la Insurrección Nacionalista de 1950

  • Foto del escritor: CSCPR
    CSCPR
  • 10 nov 2025
  • 17 Min. de lectura

Por Alejandro Torres Rivera, San Juan, Puerto Rico, 1 de noviembre de 2025

“El valor es lo que permite al hombre pasearse firme y serenamente sobre las sombras de la muerte y cuando el hombre pasa tranquilamente sobre la sombras de la muerte, entonces es que el hombre entra en la inmortalidad.”

 Pedro Albizu Campos (1936)

I.     Introducción

 

Pretender incursionar en el significado histórico de la Insurrección Nacionalista de 1950 y como parte de ésta, los diferentes sucesos dentro de los cuales se desarrolló, nos imponen un gran peso y una mayor responsabilidad. Compartir con ustedes una reflexión en torno los eventos que rodean esta epopeya, exige y demanda la mayor pulcritud en la narración de los sucesos, a la vez que nos reta a un juicio histórico y a una reflexión política que todavía, a la distancia de 75 años desde los sucesos, sigue siendo no solo necesario sino vigente.

 

Sí, en efecto, la Insurrección Nacionalista iniciada aquel 30 de octubre, precedida por múltiples arrestos y enfrentamientos, no sólo fue un acto de guerra contra el poder interventor de Estados Unidos en Puerto Rico, sino también, el resultado de una multiplicidad de eventos que, como témpano de hielo del cual sólo atinamos a ver una pequeña parte de sus dimensiones reales, flota y se desplaza navegando en nuestra conciencia colectiva como pueblo.

 

La Insurrección Nacionalista es historia y es proceso. Su detonante fue el 30 de octubre de 1950. Sus antecedentes, sin embargo, podemos trazarlos en la historia al primer quinquenio de la década de 1930.

 

Para el Dr. Pedro Albizu Campos, presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador, ya entonces era una verdad indiscutible aquello que a la altura de los años sesenta del pasado siglo describía Frantz Fanon en referencia al colonialismo, cuando afirmaba que “la descolonización es siempre un fenómeno violento.” Por eso, al aproximarnos en la búsqueda de un entendimiento de la concepción articulada y desarrollada por el nacionalismo, venimos obligados forzosamente a examinar su participación en el accionar político-militar de esta organización a partir del año 1930.

 

II. El clima político en Puerto Rico y el  papel del Partido Nacionalista

 

Hacia el 1933 venían sucediendo en el país diferentes movimientos huelgarios, los cuales incluían al transporte público y protestas contra los abusos de las compañías gasolineras. Luego, surgieron otros movimientos huelgarios vinculados al alza en el precio del pan y, finalmente, otros vinculados a las condiciones de trabajo prevalecientes en la industria del azúcar.

 

Nos dice la escritora Marisa Rosado en su libro Pedro Albizu Campos: Las llamas de la Aurora (2003), a la página 191, lo siguiente:

“En enero de 1934 los trabajadores de la caña de la Central Fajardo declaran huelga por mejores salarios y en rechazo al Convenio Colectivo firmado entre los líderes de la Federación Libre (Partido Socialista) y los azucareros. El liderato obrero ocupaba en ese momento posiciones en el gobierno colonial, hecho que le impedía representar a los obreros en forma adecuada, por ser ellos mismos parte de la clase dominante. Esta huelga iba dirigida no a los patronos, sino contra el propio liderato obrero que los había traicionado firmando un contrato muy por debajo de sus aspiraciones.”

Por su parte, el Taller de formación Política, en su libro Huelga en la Caña: 1933-34, pág.119, expresa la preocupación que representaba para las clases propietarias la vinculación del movimiento social de los trabajadores con las concepciones políticas e ideológicas del nacionalismo. Así indica:

“La participación del nacionalismo--que era el único movimiento claramente anti-imperialista en la isla-- en el seno de la propia protesta obrera, creaba una situación explosiva que ponía en serias dificultades al gobierno. La huelga había nacido desde las entrañas mismas de las masas proletarias. Y desde esas mismas entrañas había surgido el llamado al dirigente máximo del nacionalismo.”

El periódico El Imparcial, en su edición de 15 de enero de 1934, reseñaba lo siguiente:

 

“La entrada de Albizu Campos en la lucha proletaria señala un cambio trascendental en el temperamento de los huelguistas y amenaza seriamente la existencia de la subsidiaria local de la American Federation of Labor. Al entrar en el campo obrero el líder nacionalista, se inicia una consolidación de los elementos izquierdistas del Socialismo y de todos aquellos grupos que, no siendo radicales, estiman, sin embargo, que sería saludable nacionalizar el obrerismo puertorriqueño con vistas a intensificar la lucha contra el dominio que ejercen en el país las corporaciones norteamericanas.
...La opinión general es que, si Albizu se hace cargo de la reorganización de la huelga y se pone frente a la misma, junto a los líderes que aún están firmes, a los propagandistas del nacionalismo, la huelga continuará y asumirá las proporciones de un verdadero conflicto. El Partido Nacionalista cree en la lucha de clases y tiene tendencias de renovación social de acuerdo con su credo político. Además, favorece la resistencia militante en cualquier forma efectiva contra el Gobierno.”

 Se indica que a partir de ese momento se elaboraron por parte de los Estados Unidos dos opciones para manejar al nacionalismo: la primera, sobornarle como organización; la segunda, destruirle como organización.

 

Las órdenes represivas dictadas en Washington y ejecutadas por la Policía de Puerto Rico bajo el mando del Coronel Elisha Francis Riggs en contra del Partido Nacionalista tomarían cuerpo un 24 de octubre de 1935 en la Calle Brumbaugh de Río Piedras. Esta se materializaron con  el atentado perpetrado a mansalva contra cinco nacionalistas resultando cuatro de estos muertos y otro herido. 

 

Dentro de la concepción nacionalista que Albizu Campos desarrolló, era requisito indispensable en todo pueblo que se pretendiera organizar para el rescate de su soberanía -como este decía en referencia al Partido Nacionalista-, desarrollar no solo una moral de combate, sino, además, una mística de lucha basada en el valor y en el sacrificio de sus combatientes.

 

Por eso, cuando Hiram Rosado y Elías Beauchamp reivindicaron con el ajusticiamiento del Coronel Riggs en el Viejo San Juan los asesinatos cometidos cuatro meses antes en Río Piedras, Albizu aprovecharía ese momento para hacer su famosa alocución en torno al Valor como virtud suprema.

 

Es esta noción sobre el valor como alimento espiritual, aquel sobre el cual descansaría la lucha nacionalista en los años siguientes encontrando su expresión en sucesos tales como aquel donde un Cadete de la República de nombre Bolívar, durante la plena matanza llevada a cabo por la Policía en Ponce en 1937, con su propia sangre escribiera en la pared al lado de la cual ofrendaría su vida “¡Viva la República, Abajo los Asesinos!”. Es el valor del joven estudiante Ángel Esteban Antongiorgi, que un 25 de julio de 1938, caería abatido por disparos de la Guardia Nacional en su intento de ajusticiar al verdugo responsable por la Masacre de Ponce y entonces Gobernador Blanton Winship.

 

Es también el valor con el cual supieron enfrentar su encarcelamiento y el destierro en prisiones federales durante largos años Albizu Campos y el liderato nacionalista; es la decisión mostrada por Raymundo Díaz Pacheco, primero en el año 1936 cuando, junto a un Comando Nacionalista, le salieran al paso a tiros al automóvil en que viajaba el mismo Juez federal que había ordenado el encarcelamiento de Albizu; y es el valor que revalidaría años más tarde Raymundo junto a otros cuatro nacionalistas, entregando su vida en el Ataque a la Fortaleza en 1950.

 

La respuesta del gobierno de Estados Unidos al desafío nacionalista condujo al enjuiciamiento y encarcelamiento de su liderato, donde luego de un segundo procedimiento judicial amañado en la Corte de Distrito Federal en Puerto Rico, Albizu Campos y el liderato máximo del Partido Nacionalista fue condenado por conspiración sediciosa para derrocar al gobierno de Estados Unidos.

 

Extinguida su condena y la de sus compañeros, Albizu Campos regresó a Puerto Rico el 15 de diciembre de 1947 para inmediatamente dedicarse a la tarea conspirativa iniciada durante la década anterior.

 

Marisa Rosado, en su libro antes citado, indica lo siguiente:

“Cercanas las elecciones de 1948 y comenzados los estudios para la implantación de un nuevo estatuto orgánico, se arrecia la persecución contra Albizu y los miembros del Partido Nacionalista.”

Indica Rosado que el Congreso aprobó la Ley 600-1950 en la cual se dispuso un referéndum para que los puertorriqueños se expresaran a favor o en contra  de la organización de una asamblea constitucional para la redacción de una constitución, que a juicio de Albizu Campos no era otra cosa que legitimar el ”colonialismo por consentimiento” y una “trampa para que los puertorriqueños sigan dándole la vueltas a la noria.” Su llamado entonces, nos indica Rosado,  fue “retar la consulta con las armas de ser necesario”, indicando que se haría “como los hombres de Lares desafiaron el despotismo, con la revolución.”

 

Señala, además Rosado, que Albizu Campos arreció “su campaña contra el proyecto colonial”, lo que provocó un incremento en la persecución contra su persona y contra el nacionalismo por parte de las autoridades. Señala que ya para el mes de junio de 1950, Albizu Campos denunciaba “un plan elaborado en La Fortaleza” para asesinarle.

 

El 26 de octubre de 1950, de regreso de una actividad en Fajardo dedicada al general puertorriqueño Antonio Valero de Bernabé, la policía interviene con varios vehículos ocupados por nacionalistas incautando armas, bombas y municiones; el 27 de octubre se produce un motín en el presidio estatal y la fuga en masa de presos, lo que se vincula también con los nacionalistas; el 28 de octubre se producen en Ponse otros allanamientos y ocupación de armas, balas y bombas incendiarias; mientras el 29 de octubre, en el Barrio Macaná de Peñuelas, se produce un enfrentamiento armado entre nacionalistas y la policía con un saldo de dos nacionalistas muertos y seis policías heridos. Fue a partir de este enfrentamiento que se desataría el 30 de octubre el proceso insurreccional nacionalista de 1950.

 

III. La insurrección nacionalista y el Ataque a Casa Blair

 

De acuerdo con Miñi Seijo Bruno en su libro La insurrección nacionalista en Puerto Rico 1950 (1997), “desde el 27 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1950”, 140 nacionalistas “tomaron parte activa en la insurrección de 1950”. Los comandantes y lugares donde se libraron los combates fueron Arecibo (Tomás López de Victoria), Jayuya (Carlos Irizarry), Mayagüez (Gil Ramos Cancel), Naranjito (José Antonio Negrón), Ponce (Melitón Muñiz), San Juan (Raymundo Díaz Pacheco), Utuado (Heriberto Castro) y Griselio Torresola, (Washington, D. C.)  

 

El número de participantes por pueblos se identifica de la siguiente manera: Arecibo (18), Cabo Rojo (2), Jayuya (28), Mayagüez (27), Naranjito (9), Ponce (20), San Germán (2), San Juan (20), Utuado (12) Washington D. C.( 2).

 

El saldo de muertos y heridos en la insurrección fue el siguiente: 21 nacionalistas muertos, 8 policías y militares muertos y 47 heridos.

 

Con el propósito de captar la atención internacional de la comunidad mundial hacia el caso de Puerto Rico y con el propósito de evidenciar el hecho de que no se trataba de una lucha de puertorriqueños contra puertorriqueños, a la par que se desarrolló el levantamiento insurreccional de 1950 en Puerto Rico, el 1 de noviembre de 1950 un Comando Nacionalista integrado por Griselio Torresola y Oscar Collazo atacó la Casa Blair, sede de la residencia temporal del Presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman.

 

Sobre la participación en los sucesos desarrollados en Washington, D. C. el 1 de noviembre de 1950 en los cuales participan los dos patriotas a los cuales dedicamos esta actividad en la tarde de hoy, Griselio Torresola Roura y Oscar Collazo[1], la escritora Miñi Seijo Bruno destaca:

 

  • Ese mismo día a la 1:15 p.m. una persona que no identifica, vistiendo “de gris y  camisa negra” lanzó dos bombas contra el salón de espera de la Oficina de Trabajo del Gobierno de Puerto Rico en la ciudad de Nueva York.

  • Minutos más tarde en Washington D. C. dos puertorriqueños llevaron el ataque a la Casa Blair, entonces residencia provisional del presidente de Estados Unidos. En la acción armada falleció uno de los dos puertorriqueños (Griselio Torresola Roura) y fue gravemente herido otro (Oscar Collazo). En el enfrentamiento resultó muerto un oficial de seguridad del presidente (Leslie Coffelt) y heridos dos oficiales (Donald T. Birdzell y Joseph Downs).

  • En el bolsillo del pantalón de Griselio Torresola Roura se ocupó una carta de fecha 21 de septiembre de 1950 suscrita por Don Pedro Albizu Campos, que textualmente indicaba: “Si se hace necesario que usted asuma la dirección del movimiento en los Estados Unidos, usted lo deberá hacer sin vacilación de ninguna clase—apelamos a su alto sentido de patriotismo y su sano juicio en todo lo concerniente a este asunto.”

  • En Nueva York, Griselio trabajaba en una librería llamada “El Siglo”, manteniendo un perfil bajo en lo relacionado con los nacionalistas que vivían en la ciudad y la Junta Nacionalista de ella. Allí residía con su esposa y una hija.

  • Su relación con Oscar Collazo en el período previo al 1 de noviembre fue periférica. De hecho,  a pesar de que se conocían desde Puerto Rico, el propio Oscar Collazo indica que no fue sino hasta el 29 de octubre de 1950 “que sostuvimos nuestra primera conversación extensa.” Fue Griselio quien fue en busca de Oscar Collazo.

  • Que entre las opciones que llegaron a considerar se encontraban tomar un avión para Puerto Rico para regresar y unirse a los nacionalistas que combatían en Puerto Rico o “iniciar alguna acción separada en los Estados Unidos para enfocar la atención mundial sobre los acontecimientos en Puerto Rico”.

  • Llegaron a Washington D. C. el día 30 de octubre, el martes 31 lo dedicaron a “un estudio minucioso de la ciudad” y a familiarizarse con los centros de gobierno, optando por la operación contra la Casa Blair.

  • Destaca la puntería que tenía Griselio Torresola, lo que se demostró en la operación contra la Casa Blair.

 

Con toda seguridad, quien mejor puede describir los sucesos acaecidos ese 1 de noviembre de 1950 en la Casa Blair, es quien sobrevivió la acción patriótica. Indica Oscar Collazo en su libro Memorias de un patriota encarcelado, edición 2000, lo siguiente:

 

“Decidieron allí—sentados en un banco de un parque—dado a lo apremiante del tiempo, que atacando la Casa Blair la conmoción resultante, dado a que era ésta la residencia temporera del presidente, haría que se enfocara la atención mundial hacia el centro de poder del imperio.

 

De allí fueron a tomar una merienda ligera en un restorán vecino y esperaron la hora más adecuada para llevar a cabo la culminación de sus planes. No atacarían juntos. Uno caminaría hacia el objetico desde una dirección y el otro desde otra. El factor sorpresa era esencial. Llegado cada cual a su posición frente a cada una de las garitas que guardaban la entrada a la mansión, sacaron sus armas y abrieron fuego. El primero en caer herido fue el guardia Birdsell, quien había corrido hacia la entrada del edificio para evitar que los atacantes ganaran acceso al mismo. Al verlo caer, Oscar se desentendió de él en la creencia de que no presentaba peligro alguno pero Griselio lo vio tratando de sacar su arma y le disparó una vez más, neutralizándolo sin matarlo. Griselio hizo frente entonces al guardia Cofflet, que defendía la garita izquierda, le disparó y lo derribó. Creyendo que el hombre estaba muerto, le dio la espalda una vez más para seguirse batiendo con los miembros de la secreta que defendían la entrada del lado donde estaba Oscar. Ese fue su error fatal. El moribundo Cofflet estaba con vida aún y sacó fuerzas para erguirse una vez más por la portezuela de la garita. Con un certero disparo alcanzó a Griselio en la parte inferior posterior de la cabeza que le destrozó el cerebro.

 

Oscar descargó su primer peine de balas sobre dos agentes que impertérritos  guardaban la entrada derecha parados frente a la garita sin lograr herirlos tan siquiera. Decididamente, no era tan experto en el tiro como su compañero. Para insertar un nuevo peine en su pistola se sentó tranquilamente en uno de los peldaños de la escalera, donde quedaba protegido por los pasamanos y balaustres de concreto armado. Terminada esa labor, se puso en pie nuevamente para seguir disparando, pero esta vez lo alcanzó una bala en pleno pecho y cayó inconsciente al piso…”

 

Oscar Collazo, como sabemos, fue condenado a muerte aunque su sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Estuvo en prisión hasta el año 9 e septiembre de 1979 cuando fue indultado por el presidente de Estados Unidos James Carter junto a los nacionalistas que participaron en el ataque el Congreso de Estados Unidos en 1954 que aún permanecían en prisiones federales.

 

IV. Perseverancia del nacionalismo en la lucha patria tras los sucesos de 1950

 

Luego de los sucesos relacionados con la insurrección nacionalista de 1950, se desató una gran represión contra todo el movimiento independentista en Puerto Rico. La represión incluyó también a integrantes del Partido Comunista. Es importante consignar que a pesar de la derrota militar, el nacionalismo no cesó en su propuesta de lucha libertaria preparando las condiciones para un nuevo enfrentamiento.

 

Se tiene acceso a dos Informes (de tres que fueron en total),  que fueron redactados los días 22 de noviembre y 2 de diciembre de 1954, enviados con carácter confidencial a Luis Muñoz Marín,  detallando los nuevos planes nacionalistas. Estos informes están basados en el testimonio de un traidor y delator del nacionalismo de nombre Gonzalo Lebrón Sotomayor, hermano menor de Lolita Lebrón, y quien fuera presidente de la Junta Nacionalista de Chicago previo al Ataque al Congreso de Estados Unidos de 1954.

 

A estos informes confidenciales se tuvo acceso en la década de 1990 como resultado de un pleito entablado por el historiador Pedro Vázquez y la dirigente nacionalista Doña Isabel Rosado. Allí los demandantes solicitaron del Departamento de Justicia y de la Administración de Corrección la entrega del material obtenido e incautado por la Policía de Puerto Rico en los allanamientos hechos contra los nacionalistas a raíz de la Revolución de 1950 y los que se encontraban en poder de la Administración de Corrección. La documentación incautada hoy se encuentra en los depósitos del Archivo Histórico de Puerto Rico, mientras que la mayor parte de los objetos incautados, incluyendo armas, pasaron a la custodia del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

 

En los informes confidenciales, el entonces Jefe de la Policía Insular, Coronel Salvador T. Roig, le informa a Luis Muñoz Marín, y este a su vez, por conducto de su Ayudante Ejecutivo Marco A. Rigau, al entonces Secretario de Justicia José Trías Monge, que desde 1949 el liderato nacionalista venía planificando una “revolución” que se llevaría a cabo en Puerto Rico previo a las elecciones de 1952. En la misma se contemplaba, como parte de las acciones que se habrían de llevar a cabo en Puerto Rico, la participación de nacionalistas residentes en Estados Unidos. Indican los informes que Gonzalo Lebrón Sotomayor señala que los sucesos que ocurrieron en el país previo al 30 de octubre de 1950 contra los nacionalistas, habían precipitado la decisión de la dirección de Partido Nacionalista de impartir órdenes de atacar en esa fecha, por lo que se había adelantado el movimiento insurreccional.

 

Señala el delator que durante los años en que la dirección del Partido Nacionalista había estado presa en Estados Unidos, clandestinamente miembros de dicho Partido que no fungían públicamente como parte de dicha organización, mantenían la comunicación continúa con Albizu Campos; y que bajo sus instrucciones  habían procedido a reorganizar las estructuras políticas y militares de dicho Partido, gestionando, además, recursos económicos y el armamento necesario para llevar hacia adelante los planes insurreccionales, originalmente previstos para 1952.

 

Como parte de los preparativos, las Juntas Nacionalistas en Estados Unidos jugaban un papel de importancia en el trabajo internacional en la ONU, además de en la preparación de combatientes para participar en acciones militares contra objetivos localizados en Estados Unidos. Estos preparativos incluían ataques a los centros de poder de dicho país tales como el Pentágono, Casa Blanca, la Corte Suprema de Justicia, el Congreso, etc. De esta manera, a diferencia de lo que había sido el desarrollo de la concepción de lucha independentista durante el siglo XIX, el nacionalismo había incorporado al arsenal teórico de la lucha de liberación nacional puertorriqueña, una nueva concepción según la cual era necesario organizar también políticamente estructuras de lucha en la retaguardia; es decir, dentro de las entrañas mismas del invasor, ello a partir de unas estructuras que ofrecieran la posibilidad de llevar a cabo el accionar militar dentro de los propios Estados Unidos.

 

La existencia en dicho país de una considerable emigración puertorriqueña, principalmente hacia distintas ciudades en los Estados Unidos y la posibilidad de desarrollar allí, no solo una estructura legal que allegara recursos económicos y logísticos para el adelanto de  nuestra lucha, sino además, que contara con la capacidad de atacar objetivos políticos y militares dentro de los Estados Unidos, vino a reforzar el teatro operativo desde el cual se desarrollaría en adelante nuestra lucha de independencia.

 

Contrario a algunas nociones históricas que han pretendido oscurecer el significado y alcance de dichos sucesos, la Insurrección Nacionalista de 1950, el Ataque a la Casa Blair el 1 de noviembre de 950 y más adelante, el Ataque al Congreso el 1 de marzo de 1954, se inscriben hoy día dentro del contexto de un difícil y complejo proceso organizativo llevado a cabo por el Partido Nacionalista dirigido proclamar la independencia de Puerto Rico. 

 

En su relato, Lebrón Sotomayor provee importante información sobre quienes asumieron la dirección de Partido Nacionalista luego de la Revolución de 1950, contactos y planes insurreccionales futuros. Lebrón Sotomayor también informa los antecedentes al Ataque al Congreso de los Estados Unidos de 1954 y las diferencias surgidas entre la Junta Nacionalista de Nueva York dirigida por Lolita Lebrón, su hermana, y la Junta Nacionalista de Chicago dirigida por él. Detalla la manera en que se transmitieron las órdenes para el Ataque al Congreso por parte de Albizu Campos.

 

Otro dato que es importante destacar de dichos informes, que, dicho sea de paso, nos lleva en conjunto con otros datos como los antes identificados, a descartar la tesis según la cual los sucesos de 1950 fueron producto de una improvisación espontánea o un aventurerismo suicida, es que como parte de la planificación existía un Jefe Militar que afortunadamente nunca fue identificado por el enemigo, a cuyo cargo se encontraba el desarrollo de los planes insurreccionales.

 

De acuerdo con Lebrón Sotomayor, el Partido Nacionalista contaba con una estructura militar (también denominado “grupo subterráneo”) y otra social donde los integrantes de la primera no participaban en actividades públicas del nacionalismo. Estos eran de la absoluta confianza del Presidente del Partido y su liderato, a los cuales se les entrenaba con distintos tipos de armas de fuego.

 

Como en la historiografía de los sucesos del 1950 en pocas ocasiones se documentan de primera mano los objetivos insurreccionales, dichos Informes nos permiten también incursionar en dichos datos. Dentro de los objetivos definidos se encontraban los siguientes:

 

  • iniciar acciones de distracción en los días previos al inicio de la Insurrección pegándole fuego a los cañaverales y estaciones de gasolina cercanos a las entradas y salidas de los pueblos donde se atacaría para atraer hacia ellos a los bomberos y la Policía;

  • la toma de rehenes entre los funcionarios del Gobierno que se consideraban claves;

  • un plan de repliegue hacia las áreas montañosas para desde allí continuar luchando ante la eventualidad de que el Gobierno se recuperara del factor sorpresa y contraatacara;

  • el trabajo de coordinación con aquellas repúblicas amigas de la independencia de Puerto Rico para obtener reconocimiento internacional de las fuerzas insurgentes;

  • la realización de juicios por traición a los principales implicados en la represión del nacionalismo;

  • el ataque al Presidio y otras cárceles donde se encontraran nacionalistas encarcelados;

  • el ataque contra instalaciones donde se pudiera recuperar armamento;

  • la sincronización de la hora de ataque adecuada a la rutina de los cuarteles policiacos;

  • la adquisición de medios logísticos tales como armamento, explosivos, radio-comunicadores, etc.

 

V. Conclusión

 

La insurrección nacionalista de 1950 constituye un acto heroico, llevado a cabo por personas, que si bien sabían las dificultades que había para lograr prevalecer en la lucha, estuvieron dispuestos y dispuestas a sacrificar sus vidas para denunciar la condición colonial de Puerto Rico y reclamar nuestro derecho a la independencia.

 

La semilla, regada con las sangre de mártires y combatientes que con honor, dignidad, valor y sacrificio cumplieron con el llamado a las armas, es lo que nos ha permitido al día de hoy saborear y apreciar ese deseo de libertad y la voluntad para alcanzar la misma que hoy cientos de luchadores, desde todas las trincheras de lucha, expresamos.

 

El concepto ético que el nacionalismo inculcó, ese sentido de cumplimiento del deber supremo con nuestro pueblo, la reafirmación de nuestra nacionalidad, la búsqueda incesante  de nuestro propio espacio como nación latinoamericana y caribeña hoy en un mundo cada vez más globalizado y la solidaridad necesaria en la misma, constituyen valores sin los cuales seríamos poco más que una tribu o conglomerado amorfo de personas en búsqueda de una definición propia que nos oriente y nos guie.

 

Somos un pueblo que ha sabido aportar a la historia de los procesos políticos anticoloniales ejemplos que sirven de acimut a generaciones presentes y futuras.

 

La derrota militar de la insurrección nacionalista de 1950 no ha podido enterrar la vocación de lucha de los puertorriqueños(as) por su libre determinación e independencia. Por eso nos sentimos victoriosos, por eso creemos que la sangre de cada mártir alimenta la semilla de liberación en nuestro pueblo. Por eso, precisamente, la Insurrección Nacionalista de 1950 no es un capítulo cerrado, separado o superado por la historia.

 

Llegará el día en que, con la unidad de nuestro pueblo y por encima de diferencias que hoy nos separan, seamos capaces de construir una nueva realidad, aquella donde hagamos todos los días un 30 de octubre en todos los rincones patrios.

 

¡Gloria eterna a nuestros y nuestras mártires!

 

[1] Indica José Manuel Dávila Marichal, en su libro Pedro Albizu Campos y el Ejército Libertador del Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1939), tomando como base la obra de Oscar Collazo titulada Remembranzas de un preso, que  Oscar Collazo ingresó al Cuerpo de Cadetes de la República en 1932 donde llegó a ser Capitán del Batallón de Cadetes de Ciales.

 
 
 

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