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Nuestro Edgardo

Palabras pronunciadas por el Lcdo. Alejandro Torres Rivera en ocasión de las exequias fúnebres del Lcdo. Edgardo Manuel Román Espada, pasado presidente del Ilustre Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, el 21 de octubre de 2022.

“El amor a la Patria es primero.”

Simón Bolívar, 1813


“[U]n pueblo libre y justo es el

único homenaje de los que mueren por él.”

José Martí, 1892

En la mañana del pasado lunes me comuniqué con el compañero abogado Ignacio Rivera a través de un mensaje de texto para informarle la muerte de Edgardo. Como ustedes saben, tanto Edgardo como yo participamos semanalmente en el programa radial que él conduce, Fuego Cruzado. De inmediato me llamó sorprendido para inquirir si me refería, en palabras suyas, “a nuestro Edgardo”. Su expresión sobre Edgardo ha estado presente en mi mente desde entonces. Ese sentido de pertenencia colectiva que expresó Ignacio en su pregunta, es el sentido de ausencia que nos provoca la pérdida material de este “nuestro Edgardo”.


El 23 de junio de 2021 nos tocó el privilegio de pronunciar a petición de “nuestro Edgardo”, el mensaje institucional en ocasión de ser develado su retrato; el mismo que nos acompaña en esta solemne ocasión en que desde su Colegio, rendimos honor a su memoria. Entonces hice una reflexión en torno a nuestro paso conjunto en las luchas sociales en nuestro país.


Debo significar que como parte de esa lucha, tan cercano como el 2 de octubre, Edgardo y yo compartíamos con los integrantes de la Brigada Juan Ríus Rivera y el Comité de Solidaridad con Cuba, una charla en torno a las recientes visitas del FBI a integrantes de estos esfuerzos que dedican sus energías a uno de los actos más sublimes y maravillosos que pueda tener un ser humano que es la solidaridad entre pueblos hermanos.


Apenas el pasado sábado en la tarde conversamos en torno a la recomendación de la Junta de Directores de la Égida del Colegio de Abogados, Inc. para que en su próxima asamblea en diciembre “nuestro Edgardo” pasara a llenar la vacante que dejó la también querida y recordada abogada, Lcda. Rosa Bell Bayrón. La Junta de Directores de la Fundación Colegio de Abogados, Inc. también reconoció en “nuestro Edgardo” sus grandes capacidades y aportaciones solicitándole se uniera a sus esfuerzos como invitado especial en sus reuniones mensuales, invitación que “nuestro Edgardo” no vaciló en aceptar.


Habiendo alcanzado en el seno de esta Ilustre institución su sitial más alto como presidente, tampoco vaciló en aceptar, desde la posición de vocal, su participación en la Junta Directiva de su delegación, la Delegación de Río Piedras. Su compromiso con otras instancias organizativas en nuestro Colegio, su fe inquebrantable en el derecho a la vida de todos/as las personas, defendiendo con ahínco el rechazo a la pena de muerte, los derechos de las mujeres, los derechos civiles y sobre todo, el derecho de su patria a la libre determinación e independencia, entre otras grandes cualidades de “nuestro Edgardo” ameritan ser destacados en esta solemne actividad.


En ocasión de mis palabras en la develación de su retrato, indicaba que una generación puede medirse, cronológicamente hablando, por el transcurso de veinte a veinticinco años. Sin embargo, también puede medirse por sucesos importantes para un conjunto de actores sociales, regularmente jóvenes, que continúan encadenándose en las lucha sociales a lo largo de los años. Se trata de sucesos que marcan sus vidas en los cuales tales sujetos, de manera colectiva responden, reaccionan y luchan, entre otras situaciones, frente a determinadas políticas del Estado, incluyendo aquellas neoliberales que precarizan los empleos y privatizan los servicios públicos esenciales; ante posiciones dogmáticas, impulsadas desde las estructuras religiosas o fundamentalistas; o sencillamente, luchadores/as que se oponen a convencionalismos sociales, en la mayoría de los casos impuestos autoritariamente.


Así por ejemplo, ocurrió con la juventud puertorriqueña que, en el marco del servicio militar obligatorio y sus repercusiones para quienes luchaban por la independencia de Puerto Rico durante las guerras de Corea y Vietnam, expresaron y expresamos el rechazo al reclutamiento forzoso de jóvenes por parte de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos para guerras y conflictos contra otros pueblos.


El Diccionario de la Lengua Española al definir el término “generación”, también nos refiere al conjunto de personas que tienen aproximadamente la misma edad o aquellas que han nacido en fechas próximas, pero que a base de corrientes intelectuales, culturales o educativas, asumen una actitud común en ámbito del pensamiento o la creación.


Cuando “nuestro Edgardo” me solicitó que a nombre del Consejo de Presidentes y Presidentas de este Ilustre Colegio pronunciara aquellas palabras en ocasión del acto en el cual su foto pasó a ocupar un espacio permanente en esta longeva institución, lo primero que vino a mi mente fue cuándo y bajo cuáles circunstancias generacionales nos conocimos. Entonces, doy por seguro que ni él ni yo jamás hubiéramos pensado que en algún momento nuestros retratos, junto a los de decenas de compañeros y compañeras que con gran honra y dignidad nos precedieron en la presidencia del Colegio, adornarían el Salón donde sesiona la Junta de Gobierno.


“Nuestro Edgardo” y yo nos conocimos en el marco de la lucha del estudiantado de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, al calor de la Huelga de Estudiantil que transcurrió entre septiembre de 1981 a febrero de 1982. Ya yo no era estudiante, aunque “nuestro Edgardo” sí lo era. Se trató de una huelga que transformó radicalmente el paradigma de las luchas estudiantiles que le precedieron desde 1967 hasta marzo de 1971. En aquellas el eje de la lucha del estudiantado universitario enmarcaba en el repudio al Servicio Militar Obligatorio; en la solidaridad con el pueblo vietnamita y su lucha de liberación nacional; y en el repudio a la presencia en la Universidad de Puerto Rico del programa de entrenamiento en ciencias militares dirigido a formar oficiales para el Ejército y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Luego de varios incidentes y enfrentamientos, finalmente el ROTC fue relocalizado fuera de las facilidades educativas del recinto de la UPR en Río Piedras.


“Nuestro Edgardo”, sin embargo, no pertenece a esta generación de estudiantes, sino que vino a conformar parte de una nueva generación en la cual, los efectos de la implantación del modelo neoliberal en Puerto Rico, y en particular en la Universidad de Puerto Rico, comenzaba a sentirse. Ante el aumento en el costo de la matrícula, la respuesta del movimiento estudiantil fue recabar de las autoridades la implantación de la matrícula ajustada en la cual aquellos y aquellas provenientes de familias con mayor capacidad económica pagarían una matrícula proporcional a sus ingresos y aquellos estudiantes de bajos o ningún recurso, se les garantizara el acceso a la educación de manera gratuita o a un bajo costo. A aquel movimiento, se sumaron las demandas por lograr una reforma integral en la educación universitaria del sistema público. Se generó durante más de cinco meses la movilización de miles de estudiantes, y la más insólita represión por parte de las autoridades universitarias y el gobierno del PNP siendo gobernante Carlos Romero Barceló.


Para entonces yo, con apenas cinco años de haberme graduado de derecho, junto a otro grupo de compañeros abogados en los cuales puedo destacar a los compañeros Félix J. Cristiá Martínez, José Velaz Ortiz; Raúl Meléndez, Ángel Raúl Pérez Muñiz e Hiram Lozada Pérez nos tocó la representación del estudiantado en decenas procesos disciplinarios administrativos y acciones civiles y penales de naturaleza menos grave ante los tribunales. Recordamos también la participación de otros abogados como Enrique (Chino) González, Enrique Juliá, Fernando Carlo; Fernando Fidalgo, Luis F. Abreu Elías y otros que en estos momentos no vienen a mi mente, en la defensa de estudiantes acusados de delitos graves como resultado de la lucha contra el alza en el costo de los créditos y el reclamo de una matrícula ajustada.


En la amplitud que representó esa lucha, los componentes del movimiento religioso, católico y protestante, con sus organizaciones estudiantiles estuvo presente. En el caso de “nuestro Edgardo” doy fe, de su destacada participación en estas luchas como dirigente de la Juventud Católica. Ciertamente “nuestro Edgardo” junto a la amiga Eva García tuvieron una extraordinaria aportación al desarrollo de aquella lucha y su validación ante el pueblo. Después de aquella rica experiencia, fueron múltiples las trincheras de lucha compartida hasta el presente con “nuestro Edgardo”.


Han transcurrido casi cuarenta años, casi dos generaciones, a través de las cuales “nuestro Edgardo” no vaciló un solo momento en reafirmar los principios que le llevaron a integrarse en aquellas luchas como estudiante universitario. A sus aportaciones antes mencionadas debo destacar su convencimiento de que en nuestro caso, todo ejercicio de libre determinación, tiene sostenerse en el reclamo de una profunda justicia social para las clases trabajadoras, compromiso que validó en todo acto a lo largo de su vida.


Mientras compartimos en la Junta de Gobierno, particularmente durante el término que me tocó presidir el Colegio, tuve en él un firme colaborador y un cercano amigo. Por eso insistí tanto con él, como se también lo hicieron otros compañeros y compañeras, que había llegado el momento de su presidencia en el Colegio. Y así fue.


En el pasado, a la hora de referirme a otros distinguidos compañeros que han tenido la oportunidad de dirigir los destinos de nuestra institución en ocasión de sus honras fúnebres, he hecho referencia a aquella película en la cual se narra la vida y muerte de un guerrero samurái en momentos en que el emperador pregunta a un oficial militar estadounidense que le narre como murió tal guerrero. La respuesta del militar al emperador fue decirle “no me pregunte cómo murió, pregunte cómo vivió”.


La presencia de todos/as ustedes en este salón en la mañana de hoy es el mejor recuerdo de cómo “nuestro Edgardo” vivió, para el Colegio y para la Patria que le vio nacer.


“Nuestro Edgardo” vivió una vida de lucha, depositó su fe en el ser humano; en sus capacidades de cambio y transformación; vivió convencido de que sólo la lucha del pueblo puede salvar al pueblo; empeño con sus quehacer cotidiano la acción libertadora donde puso la palabra; defendió las causas de los humildes; prodigó solidaridad hacia otros pueblos hermanos en lucha a la vez que defendió sus derechos soberanos frente a las políticas imperiales injerencistas; fue ardiente defensor del derecho de nuestro pueblo a su libre determinación e independencia; mantuvo un claro e incondicional compromiso con la clase trabajadora; no claudicó en la defensa frontal de los derechos humanos y constitucionales de nuestros conciudadanos; y en el plano interno de su querido Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, mantuvo una indiscutible dedicación antes, durante y luego de su presidencia con los valores de esta Ilustre Institución, contribuyendo a su desarrollo y fortalecimiento. Por eso señalamos que “nuestro Edgardo” ha dejado una gran huella que marca hoy su legado de manera prominente en la historia de este Ilustre Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico.


A nombre de quienes integramos el Consejo de Presidentes y Presidentas del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, a nombre de todas las personas presentes que te acompañamos esta mañana y en el mío propio te damos un “hasta siempre, compañero presidente.”


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