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EL MANIFIESTO DE MONTECRISTI: SU ALCANCE UNIVERSAL

Dra. C María Caridad Pacheco González[1]

Después de enviar la orden de alzamiento a los jefes principales de la isla, José Martí marchó a República Dominicana a donde arriba el 7 de febrero de 1895. Habían trancurrido pocos días desde la firma de la Orden de Alzamiento el 29 de enero, y ya se encontraba en el fragor de los preparativos de la guerra.


En Montecristi, a donde había ido a reunirse con Máximo Gómez para partir hacia Cuba, conoció del alzamiento del 24 de febrero, y pocos días después, el 25 de marzo, suscribe el documento titulado El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, conocido más comunmente como Manifiesto de Montecristi, por la localidad dominicana donde se rubricó este documento programático de la etapa inicial de la Revolución de 1895 y su primer pronunciamiento general.

En los umbrales del siglo XX, Martí vislumbra el carácter universal de la guerra que se iniciaría en 1895, y por ello comprende que su fin no puede ser solo alcanzar la independencia de Cuba y conseguir el equilibrio del mundo con la creación de un archipiélago libre, sino también lograr la confirmación de la república moral en América. En el Manifiesto de Montecristi insistirá en el “alcance humano” de la “guerra sin odios” que se llevaría a cabo en Cuba y advierte: “Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno”.[1]


A tales prevenciones arriba convencido de que la misión del organizador de la guerra necesaria no podía resumirse al cumplimiento de tareas materiales y de avituallamiento porque él mismo había advertido: “Cargar barcos puede cualquier cargador; y poner mecha al cañón cualquier artillero puede; pero no ha sido esa tarea menor, y de mero resultado y oportunidad, la tarea única de nuestro deber […]”.[2]

Según el propio Martí el Manifiesto de Montecristi fue apoyado y suscrito por Máximo Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, sin que el autor “escondiese o recortase un solo pensamiento suyo” y luego de escrito – dice – “no ocurrió en él un solo cambio; y […] su ideas envuelven a la vez, aunque proviniendo de diversos campos de experiencia, el concepto actual del general Gómez y el del Delegado”[3], lo que pone de manifiesto la coincidencia de criterios entre los dos jefes revolucionarios.

El Partido Revolucionario a Cuba era un arma en la guerra de “pensamiento” que entonces se libraba por diferentes vías, con el fin de concertar voluntades, sortear peligros internos y externos y gestar desde la propia guerra, la república democrática y popular por la cual se estaría dispuesto a morir si fuera preciso. El documento ponía de manifiesto el sentido fundador y unitario de la Revolución, planteaba que no se repetirían los errores que lastró desde sus inicios el ordenamiento democrático en el contexto de la primera independencia de la América española, y afirmaba que la guerra no era contra el español sino contra el sistema oprobioso de la colonia, y por último, exponía los objetivos estratégicos internacionales, profundamente latinoamericanistas y antimperialistas con que se iniciaba la guerra de independencia en Cuba.


En el documento aparece una idea medular que lo recorre de principio a fin, y es la necesidad que tiene la Revolución cubana de llevar a cabo una guerra ordenada y preparada en sus más mínimos detalles ideológicos, militares, jurídicos y políticos que impidiera la intervención de los Estados Unidos y diera cumplimiento con la emancipación de Cuba a sus objetivos de alcance universal. En consecuencia, la guerra del 95 debía ser organizada y llevada a cabo sobre principios que no la desviaran de procedimientos y métodos que la hicieran inexpugnable. Esta es preocupación central de Martí sobre todo a partir de 1887 cuando comprende que los peligros de la expansión imperialista acechan a la independencia de las Antillas y a la soberanía política de Hispanoamérica.

En correspondencia con estos propósitos, tres días después de su rúbrica, el Manifiesto fue enviado a Nueva York por Martí, quien impartió instrucciones muy precisas acerca de su difusión en la prensa y su envio a los gobiernos latinoamericanos. Por ello pide la impresión de 10 mil ejemplares como mínimo y orienta de forma muy específica su distribución dentro de Cuba, sobre todo entre los españoles y los cubanos negros.

El optimismo, actitud ponderada, la intransigencia de principios y la inconmovible confianza en la capacidad de los cubanos para cumplir su destino histórico, no podían faltar en tan trascendental documento, en cuyo 126 aniversario continua convocando a cubanos y cubanas a la unidad y a la batalla por la independencia y la confirmación moral de todo un continente.



[1] Subdirectora de Investigación del Centro de Estudios Martianos y Secretaria de Divulgación y Relaciones Públicas de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) [1] José Martí. “El Manifiesto de Montecristi”. En Obras Completas, La Habana, 1991, Tomo 4, p. 95 [2] José Martí. Ob Cit, p.272 [3] José Martí. Epistolario. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1993, Tomo V, p. 116.

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