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La ciencia como brújula

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Por: Sara Más

Fuente: Revista Mujeres

La Bioquímica fue su elección; el laboratorio, su espacio predilecto y el bienestar humano es el derrotero que marca sus pasos por la vida. Mucha constancia, estudio y rigor investigativo después la han convertido en la reconocida científica que es María del Carmen Domínguez Horta, la investigadora del Instituto de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) que ha descansado poco en días de pandemia y vive con alegre cercanía la noticia de cada paciente que se recupera de COVID-19 con ayuda de Jusvinza, el medicamento que ella aportó desde la ciencia al protocolo cubano frente a esa enfermedad.

¿Cuál fue el primer proyecto que dirigió?

Fue en 1991, llevaba cuatro años en el centro y fue un proyecto para el diagnóstico de la sífilis en Cuba. Antes había trabajado en el mejoramiento del diagnóstico de VIH, en colaboración con el Centro de Inmunoensayo. Así empezó esta relación con los virus, las bacterias y el sistema inmunológico.

Para 1999 ya tenía concebidas las ideas de un proyecto, en el que sigo inmersa, buscando cambios terapéuticos novedosos para tratar enfermedades autoinmunes, las que se producen cuando el sistema inmunológico pierde el control, empieza a producir respuesta inmunitaria contra moléculas propias y se destruyen así, por ejemplo, las articulaciones periféricas en la artritis reumatoide.

Las más complejas de esas enfermedades afectan, sobre todo, a mujeres: artritis reumatoide, lupus y otras relacionadas con el colágeno. La propuesta es no suprimir el sistema inmunológico, sino tratar de regular su respuesta para que deje de atacar, de destruir.

¿Cómo se aplica ese criterio a los pacientes de COVID-19?

En la COVID-19, las moléculas generan una hiperinflamación que puede llegar a ser mortal y ello tiene similitud con los eventos biológicos que ocurren en las enfermedades autoinmunes.

Con ese péptido (CIGB 258), hoy nombrado de Jusvinza, iniciamos un estudio compasivo en abril de 2020 en el Hospital Naval, en el grupo de valientes que dirige el doctor Rafael Venegas, con pacientes críticos ventilados. Empezó a aplicarse cuando el médico ya no tenía más opción terapéutica.

Los primeros 12 pacientes tratados se recuperaron. Posteriormente recibimos la autorización para incorporar un grupo de pacientes graves. A partir de esos resultados, el Centro para el Control Estatal de Me­di­ca­mentos, Equipos y Dispositivos Médicos (CECMED) autorizó el uso de emergencia en pacientes graves, pues el perfil de seguridad de la molécula es muy alto, diría que excelente, sin eventos adversos.

Luego adelantamos el tratamiento con pacientes de alto riesgo, para evitar que pasaran a fases grave y crítica. Posteriormente se autorizó en la población pediátrica y también se obtuvo el permiso de uso compasivo de Jusvinza en muchachas embarazadas, con COVID-19 y sin ella.

¿Satisfecha con los resultados?

Han sido positivos. En pacientes críticos ventilados, muchos de ellos inestables, la recuperación es de 76 %; en graves, 88 %. Entre personas de alto riesgo, la estadística es casi ciento por ciento. La población infantil se ha recuperado toda, al igual que las embarazadas.

No es un monitoreo oficial, pero sí el resultado del seguimiento que hacemos en intercambio diario para saber lo que pasa, compartir experiencias y tratar de ayudar. Ya tenemos médicos cubanos expertos en COVID-19 y es muy valioso ese intercambio. Por eso me acuesto tan tarde, esperando por los médicos que están actuando, que el día avance, para poder hacer este “pase de visita” por las terapias intensivas, telefónicamente, desde la casa.

Pero es importante decir que Jusvinza es solo un momento dentro del protocolo nacional. No hay una cura para esta enfermedad. Igual puedes tener el mejor protocolo del mundo, los mejores fármacos, que si no hay un grupo de médicos con entrega total para recuperar a esos pacientes, no actúa igual.

¿Qué disfruta más de su trabajo?

Todo me fascina. Me gusta estudiar y dar clases. Soy profesora titular de la Escuela Latinoamericana de Medicina, proyecto al cual me vinculé desde su fundación y que me interesa muchísimo.

Me encanta compartir conocimientos y la parte experimental del laboratorio. Aunque ya prácticamente el trabajo con las manos, directamente, no lo hago mucho; disfruto el análisis de los experimentos junto al grupo de investigadores. Diseñar experimentos también es fascinante. Ese ejercicio hay que repetirlo muchas veces porque es muy difícil que salga bien de la primera vez. Luego, ver los resultados es insuperable.

Me gusta escribir, hacer publicaciones científicas; algo que al principio, de muy jovencita, me costaba mucho trabajo. Hoy por hoy, me encanta: escribir el artículo, enviarlo a la revista y que vengan las críticas científicas, siempre tan importantes en una investigación. De mi carrera me gusta todo.

¿Y lo que menos le atrae?

No me gustan mucho las reuniones, prefiero que sean breves; me inclino más por los encuentros operativos.

La COVID-19, ¿cuánto ha marcado sus tiempos de vida?

Creo que hay un entrenamiento. En este periodo he tenido que trabajar mucho, quizás más que en ningún otro y con gran presión ética, porque tengo que responder interrogantes del Ministerio de Salud y del centro, diseñar experimentos, analizarlos, intercambiar con los médicos diariamente. Es intenso. Cuento, por suerte, con el apoyo de mi familia y de mi hija, que tiene también sus propios recursos, y con mi hermano en el apoyo logístico.

¿Y cómo transcurre su vida fuera del CIGB?

Mi carrera es mi pasión, pero mi prioridad es mi familia. Tengo una niña de 15 años, vivo con ella y mi esposo, que es arquitecto. Él no tiene nada que ver con la ciencia, pero le puede contar mi proyecto mejor que yo y ha sido un impulso grande en mi carrera. Vivimos enfrente, en la comunidad científica; somos una familia normal, una más con toda la problemática que vive la familia cubana.

¿Y su ensayo clínico, el que hacía cuando empezó la COVID-19?

Ese continúa y ahora se analizan los resultados. Si son positivos --eso lleva muchos análisis—, quizás podamos pedir un registro condicionado para que ese fármaco se convierta, felizmente, en acción terapéutica.


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