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A 50 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

Alejandro Torres Rivera

11 de septiembre de 2023

Quisiera comenzar esta intervención haciendo referencia a otro 11 de septiembre, un aniversario que si bien no guarda relación con los sucesos a los cuales dedicamos este acto solemne, ciertamente tampoco puede pasar desapercibido en la memoria histórica de nuestro pueblo. Nos referimos a los sucesos acaecidos en los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. En esa fecha, varios aviones con sus tripulaciones y pasajeros fueron lanzados contra las Torres Gemelas del World Trade Center en la ciudad de Nueva York, y de acuerdo con la historia oficial, contra las instalaciones del Pentágono en Washington, D. C.


Las Torres Gemelas eran símbolos del capital imperialista transnacional de los Estados Unidos, el mismo que junto al gobierno estadounidense fraguó el Golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 en Chile.


El segundo objetivo de los ataques, según la historia oficial, se dirigió contra el símbolo del poder militar de este país, responsable de ejecutar las políticas intervencionistas armadas contra distintos pueblos en lucha por su libertad, independencia y liberación nacional a escala global, incluyendo los pueblos de América Latina. Un tercer objetivo nunca fue alcanzado al ser derribada en vuelo la tercera aeronave.


Se trata de acciones que han merecido el repudio de fuerzas revolucionarias y progresistas del mundo entero ante el menosprecio por las vidas humanas de miles de civiles que perecieron como resultado de tales atentados. Cada aniversario de aquel 11 de septiembre de 2001 late en la conciencia del pueblo estadounidense. Sin embargo, los sucesos deberían no solo recordarles lo ocurrido en su propio suelo, sino forzar también en dicho pueblo una profunda reflexión en torno al por qué tales actos ocurrieron precisamente en territorio estadounidense.


Desgraciadamente, para la inmensa mayoría del pueblo de los Estados Unidos, este otro 11 de septiembre en la historia, aquel ocurrido en 1973 y que nos convoca esta noche a la distancia de medio siglo, está ausente en su memoria histórica.


No es casualidad, repito, que el mismo capital transnacional y las propias estructuras militares enquistadas en el Pentágono y las de gobierno en los Estados Unidos, fueran quienes conspiraron junto a los sectores de la derecha fascista y oligárquica chilena en la ejecución del Golpe de Estado contra el gobierno democráticamente electo del presidente Salvador Allende Gossens.


Los antecedentes al Golpe de Estado perpetrado en 1973 en Chile se remontan a las elecciones presidenciales de 1970. En ellas, una coalición de fuerzas progresistas integradas por el Partido Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista, el Movimiento de Acción Popular Unitario, el Partido de la Izquierda Radical y la Acción Popular Independiente; a los cuales más adelante se les incorporaría la Izquierda Cristiana y el MAPU Obrero Campesino, junto con el apoyo de la Central Única de Trabajadores de Chile y otros sectores independientes agrupados bajo los Comités de Unidad Popular, crearon precisamente la Unidad Popular como estructura de unidad política que vino a sustituir al Frente de Acción Popular. El candidato a la Presidencia de Chile en estas elecciones, el Dr. Salvador Allende Gossens, había figurado en tres elecciones anteriores como candidato a la presidencia de la república por el Partido Socialista.


El programa político bajo el cual la Unidad Popular impulsó la candidatura de Allende se plasmó en un documento titulado Programa Básico de la Unidad Popular y las 40 primeras medidas del Gobierno Popular. Entre las medidas más importantes propuestas en este programa se encontraban: (a) la participación de los trabajadores en las empresas mediante procesos de cogestión; (b) la eliminación del latifundismo mediante un programa de reforma agraria; (c) la nacionalización de la banca, las empresas nacionales y extranjeras principales y el cobre; (d) mejoramiento de las pensiones y el derecho a la jubilación luego de la edad de 60 años; (f) educación gratuita y derecho a la alimentación para todos los niños; (g) ampliar progresivamente el acceso a la vivienda y servicios básicos de agua y energía eléctrica de la población; (h) acceso a la salud pública; y finalmente, (i) la implantación en Chile de tres tipos principales de propiedad, que incluían las empresas sociales, las empresas mixtas y las empresas privadas.


La propuesta de la Unidad Popular postulaba, además, la posibilidad de la transición pacífica al socialismo desde la legalidad burguesa, lo que suponía partir del orden constitucional vigente en dicho proceso de cambio y transformación. Se trataba de un nuevo paradigma revolucionario en una época en América Latina donde todavía la vía armada, inspirada por el proceso revolucionario cubano, era un referente común para la mayoría de izquierda revolucionaria latinoamericana.


El triunfo de la Unidad Popular en Chile, sin embargo, no respondió a una mayoría absoluta de los votos, sino que fue un triunfo alcanzado mediante la pluraridad del voto. La Unidad Popular logró captar en aquel momento el 36.3% de los votos (1,075,616), el candidato independiente de derecha Jorge Alessandri Rodríguez obtuvo el 34.9% de los votos (1,036,278) y la Democracia Cristiana el 27.9% de los votos (824,849). Dentro de esta pluraridad, la Unidad Popular nunca tuvo el control de la Cámara de Diputados, lo que le dificultó el proceso de aprobación de medidas incluidas en su Programa de gobierno.


Se indica que a raíz del triunfo de Allende en las elecciones, la Administración de Richard Nixon en los Estados Unidos se planteó, en primer lugar, procurar impedir que Allende pudiera jurar como Presidente. Para ello se diseñaron dos estrategias: la primera conocida como “Track One”, consistía en que el Congreso eligiera Presidente a Jorge Alessandri para que luego éste renunciara y se convocara a nuevas elecciones. En ellas el candidato de toda la derecha sería Eduardo Frei. Este esquema, sin embargo, fue madrugado gracias a un entendido entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana en el que cada uno se había comprometido a reconocer la victoria del otro si el margen del triunfo era mayor de 5 mil votos; mientras que el pacto con Alessandri era su reconocimiento si el margen de diferencia era por más de 100 mil votos. La condición impuesta por la Democracia Cristiana fue que Allende no se saliera durante su gobierno del marco que le establecía y definía la Constitución chilena.


La segunda estrategia se conoció como el “Track Two”. Mediante ésta, si Allende accedía a la Presidencia, se desarrollaría un clima de inestabilidad política, de manera tal que las Fuerzas Armadas asumieran el control de país. Parte de la ejecución de esta segunda vía fue la implantación en Chile de la propuesta hecha por Henry Kissinger de desarrollar contra el gobierno de Allende un boicot económico, la negación de créditos y el embargo del cobre chileno, todo ello para crear un malestar general en el país que facilitara un Golpe de Estado cívico-militar.


En las elecciones parlamentarias, acaecidas en marzo de 1973, la Unidad Popular obtuvo el 43.5% de los votos mientras que la derecha, ya unificada, obtenía el 54.6%. El objetivo de la derecha era obtener dos terceras partes de los asientos en el parlamento de manera que pudieran emitir una acusación constitucional contra Allende para alejarlo de la Presidencia. Esta experiencia la hemos visto también más adelante en Paraguay, Brasil, Perú y Honduras, por mencionar algunos casos más recientes.


El clima de desestabilización social y económico, a la par que un intenso trabajo con las Fuerzas Armadas para que rompieran con su tradición constitucionalista, polarizó también las opciones de las fuerzas de la izquierda chilena, particularmente el debate sobre cuál debería ser la respuesta a dar para aquellos que conspiraban contra el gobierno de la Unidad Popular.


El primer intento de Golpe de Estado se produjo el 29 de junio de 1973 cuando un grupo de militares sublevados al mando del Coronel Roberto Souper intentaron tomar el Palacio de la Moneda. La intentona dejó un saldo de 20 muertos por lo que Allende, entendiendo la gravedad de la situación, propuso una consulta electoral donde el pueblo se expresara en favor o en contra de la continuidad de su Gobierno. La propuesta encontró serias reservas, incluso entre miembros de su propio partido, algunos de cuales consideraban que tal proceder era equivalente a “una renuncia a los logros alcanzados”.


En el mes de septiembre Allende hizo un nuevo esfuerzo en esta dirección aunque nuevamente ocurrió el rechazo de miembros de su propio partido. El propio general Augusto Pinochet había sido puesto en conocimiento por parte de Allende de la idea de esta consulta, sin conocer que ya, desde el 9 de septiembre, el General se sumaba a los militares golpistas. En la víspera del Golpe de Estado del 11 de septiembre, Orlando Letelier quien actuaba como Ministro de Relaciones Exteriores y quien fuera asesinado en Washigton, D. C. en 1976 por órdenes de Pinochet con el apoyo y concurso de funcionarios del gobierno de los Estados Unidos, logró convencer a la dirección del Partido Socialista de retirar su oposición a la consulta. Para entonces, sin embargo, ya era muy tarde.


Es importante destacar que el 10 de septiembre, mientras la Fuerzas Armadas chilenas se acuartelaban para el Golpe, la escuadra naval chilena se sumaba al ejercicio naval UNITAS, programado por la Segunda Flota de Marina de Guerra de los Estados Unidos con sede en Norfolk, Virginia. UNITAS es un ejercicio anual donde participan medios navales de los Estados Unidos junto con las marinas de guerra de países latinoamericanos. Un año involucra las marinas de guerra de países latinoamericanos que tienen costas con el Océano Atlántico; y en el año siguiente, con las marinas de guerra de países que tienen costas con el Océano Pacífico. En ocasiones medios navales de la OTAN se suman en este ejercicio. Para el momento en que se produjo el Golpe de Estado contra Allende, la coordinación del ejercicio UNITAS incluía la Estación Naval de Roosevelt Roads en Puerto Rico.


Aquel 11 de septiembre en la madrugada, la escuadra naval chilena reaparecía en frente a la ciudad de Valparaiso; la Fuerza Aérea bombardeaba la sede de la Rama Ejecutiva, el Palacio de la Moneda y las torres de varias estaciones de radio; mientras el Ejército y la policía (Carabineros), controlaban la ciudad.... Lo demás es ya historia.


Aún tengo viva en mi memoria ese día. Encontrádome en una clase de Derecho Penal en mi primer año como estudiante de derecho, alguien comentó desde un pasillo que la radio decía que le estaban dando un Golpe de Estado a Allende. Un compañero que venía de la JIU de la UPR conmigo, Carlitos Rivera[1] que estaba sentado en un pupitre al lado mío me dijo, “¿Alejandro, y qué vamos a hacer ahora?” Lo único que se me ocurrió decirle fue, “pues nos vamos para la UPI, que allí debe estar dándose algo”, y eso fue lo que hicimos: recogimos las cosas y nos fuimos para allá. Al llegar ya comenzaban los estudiantes a organizarse para una marcha en el recinto en repudio al Golpe de Estado.


Es en momentos en que la Fuerza Aérea de Chile bombardeaba el Palacio de la Moneda y los carabineros y otras unidades blindadas se hacían fuertes en el control de las ciudades y campos en Chile; que el presidente Salvador Allende se dirige por Radio Magallanes al pueblo chileno en su último mensaje. Luego, poco después, se inmolaba en su despacho antes que dejarse capturar por los golpistas.


Los números más conocidos de las atrocidades ocurridas posteriores al golpe dan la cifra de más de 3 mil asesinados, 35 mil torturados, un millar de los detenidos desaparecidos y más de 200 mil exiliados. Estos números, sin embargo, pueden y deben ser mayores.


Mientras esto ocurría en Chile, en Argentina, la Dictadura Militar instaurada asesinaría más de 20 mil argentinos. Igual ocurriría en países como Uruguay, Paraguay y Brasil, por solo mencionar los países más documentados en materia de muertes, torturas y desapariciones, todo ello por efectivos militares y policiacos entrenados y protegidos por los Estados Unidos como parte de la llamada “Operación Cóndor”.


La Dictadura implantada en Chile, además, sería el tubo de ensayo desde el cual se experimentaría en América Latina, incluso hasta nuestros días en diferentes países, las llamadas políticas neoliberales en sus economías.


Avalados por la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de Richard Nixon, los defensores de las doctrinas económicas impulsadas por Milton Friedman y su “Escuela de Chicago” en su libro Capitalismo y Libertad (1962), promovieron en el plano económico la agenda neoliberal en Chile. Sin embargo, bajo el gobierno de la Unidad Popular encontraron resistencia para su implantación. Fue el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 el punto de partida, para el avance de la agenda neoliberal en Chile. Estas políticas fueron también impulsadas más adelante por el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan y la Primer Ministro británica Margaret Thatcher.


Indica al respecto la socióloga canadiense Naomi Klein en su libro La Teoría del Shock, el ascenso del capitalismo del desastre, lo siguiente:


“Para los Chicago Boys, el 11 de septiembre fue un día de vertiginosa anticipación y letal adrenalina. Sergio de Castro había estado trabajando a fondo su contacto en la Armada, consiguiendo que aprobara página a página ‘el ladrillo’. Ahora, el día del golpe, varios Chicagos Boys estaban acampando junto a las rotativas del periódico de derecha El Mercurio. Mientras en la calle sonaban disparos, trabajaron frenéticamente para que el documento quedara impreso a tiempo para el primer día de gobierno de la Junta. Arturo Fontaine, uno de los editores del periódico, recuerda que las rotativas trabajaron ‘sin cesar para producir copias de aquel largo documento’. Y lo consiguieron, por los pelos. Antes del mediodía del miércoles 12 de septiembre de 1973, los generales de las fuerzas armadas que desempeñaban cargos de gobierno tenían el plan sobre sus escritorios.


Las propuestas que aparecen en ese documento final se parecen asombrosamente a las que hace Milton Friedman en Capitalismo y Libertad: privatización, desregulación y recorte del gasto social; la santísima trinidad del libre mercado. Los economistas chilenos educados en los Estados Unidos habían tratado de introducir esas ideas pacíficamente dentro de los confines del debate democrático, pero habían sido rechazadas de forma abrumadora. Ahora los Chicago Boys y sus planes habían vuelto en un clima mucho más permeable a su punto de vista radical. En esta nueva era no era necesario que nadie más allá de un puñado de hombres uniformados estuviera de acuerdo con ellos. Sus oponentes políticos más enconados estaban o encarcelados o muertos o huidos; el espectáculo de los cazas de combate y las caravanas de muertos mantenían a todo el mundo a raya.”


A partir del momento, dentro del aturdimiento generado por el shock que representó el sangriento Golpe de Estado para la población, seguido de amplia represión hacia las clases trabajadoras, comienza a imponerse en Chile el modelo neoliberal.[2]


En carta enviada por Milton Friedman al dictador chileno Augusto Pinochet el 21 de abril de 1975, le indica a manera de consejo:


“Si se adoptase esta estrategia del shock, creo que debería anunciarse públicamente con detalle, para pasar a estar en vigor al poco tiempo. Cuando más información tenga el público, más facilitará su reacción en el ajuste.”


El modelo chileno, como indicamos antes, replicó en Argentina, Paraguay, Uruguay y otros países con el establecimiento de dictaduras militares golpistas. Una cultura de terror institucionalizado se apoderó de estos países. “Mientras se trataba de extirpar el colectivismo de la cultura mediante políticas, dentro de las prisiones la tortura intentaba extirparlo de la mente y del espíritu”, indica la autora del libro. Añade a ello:


“Muchos torturadores adoptaban el papel de un doctor o un cirujano. Igual que los economistas de Chicago con sus dolorosos pero necesarios tratamientos de shock, estos interrogadores imaginaban que con sus electroshocks[3]y demás tormentos eran terapéuticos, que administraban una especie de medicina a sus presos, a los que muchas veces se referían dentro de los campos como ‘apestosos’, es decir, como los sucios o enfermos.”


La Dictadura se extendió por largos años. A pesar de que desde el 11 de marzo de 1990 Pinochet debió abandonar su cargo y comenzar la llamada “transición” en Chile; y a pesar de que desde el 15 de enero de 2006 asumió la Presidencia de Chile Michelle Bachelet por el Partido Socialista logrando completar su mandato; y más aún, a pesar de los procesos electorales que han llevado a la presidencia del país a otros gobernantes de derecha y de centro izquierda; la realidad es que las estructuras del poder político y económico sembradas durante la Dictadura en Chile, siguen sobreviviendo, incluyendo su Constitución vigente.


Para concluir, cito del último mensaje del presidente Salvador Allende al pueblo chileno lo siguiente:


“Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.


Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen…ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.


¡Viva Chile!, ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!”


Gloria al presidente mártir Salvador Allende Gossen.


Muchas gracias.

[1] Carlitos sería más tarde asesinado durante un conflicto huelgario desarrollado en el frente portuario de San Juan, relacionado al recogido de pasajeros de cruceros. [2] De acuerdo con Klein, este modelo impuesto a partir de 1973, quince años después presentaba un cuadro en el cual el 45% de la población chilena había caído por debajo del nivel de pobreza, mientras un 10% de los chilenos más ricos habían incrementado sus ingresos en un 83%. Indica también que para el año 2007 Chile permanecía como uno de los países con mayor inequidad y desigualdad. Entre 123 países, Chile ocupaba el número 116 haciendo de él el octavo país con mayor desigualdad a escala global. [3] Indica la autora que el primer registro que se tiene sobre el uso médico del electroshock se atribuye a un médico suizo en los años de 1700. Se creía entonces que las enfermedades mentales eran causadas por el demonio, por lo que el paciente sostenido con una alambre electrificado recibía la descarga por cada demonio.

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